dijous, 26 d’abril del 2012


¿Me podrías indicar , por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?"

"Eso depende de a dónde quieras llegar", contestó el Gato.

"A mí no me importa demasiado a dónde..." empezó a explicar Alicia.

"En este caso, da igual hacia dónde vayas", interrumpió el Gato.

"... siempre que llegue a alguna parte", terminó Alicia a modo de explicación.

"Oh! siempre llegarás a alguna parte" dijo el Gato, "si caminas lo suficiente"



dimarts, 17 d’abril del 2012

Un sopar express de japonès per emportar. Una porta plena de post-its. Un pedreta molesta a la sola de la sabata. Una pessigolla. Un somriure enfadat, que desenfada a qualsevol. Una tarda qualsevol. Córrer sense pressa, i passejar amb un destí concret. Esperar 30 minuts per viure el millor moment de l'any. Les vistes del Mirablau. Pujar a dalt de tot de la Sagrada Família i descobrir que tens fòbia a les altures; i riure per fer passar la por. Amagar els mitjons. Sortir al balcó a les 3h de la nit i no dir res. Quedar-se un matí fent res. Descobrir coses de tu mateixa que no sabies. 

Una flor. Una paraula. Un gest. 

I les ganes de començar de zero.

I la seguretat de que ja fa DUES SETMANES que estic desintoxicada de la nicotina (excepte una petita recaiguda), i que estic ben a punt de guanyar una aposta que em canviarà la vida!

dimecres, 11 d’abril del 2012

Contra la ilusión

Nada por aquí, nada por allá.
Tu último desahucio emocional y su posterior embargo te han vuelto a dejar con lo puesto. Se te van enfriando los reproches y ya se sabe que éstos, fríos, no valen nada. Desaprendes rutinas ajenas, reconquistas las propias que recuerdas y poco a poco vas iniciando una nueva mudanza de palabras vacías que hay que enjuagar primero con lágrimas de todo tipo, para volver a llenarlas algún dia de sentido, sensibilidad y así luzcan otra vez como se merecen.
Nadie por aquí, nadie por allá. El mercado no ha hecho más que ir a la baja desde que tú lo abandonaras. Qué pereza. Qué decepción. Que no, que te quedas en casa. No piensas volver a contar tu vida en tu vida. Si eso, la publicas en un blog, y que se vayan actualizando los nuevos. Pero qué nuevos.
Siempre quisiste lo que no podías tener y ahora que podrías tenerlo todo, no apetece ni siquiera quererlo.
Desempolvas tu agenda con la esperanza de seguir desempolvando.
Más pereza. Dónde están ahora todas esas oportunidades que dejaste pasar porque estabas por otra cosa (sí, ahora le llamas cosa). Dónde las frases bonitas que cayeron en tu saco roto (a tomar por ídem). Dónde las gotas que jamás colmarían tu vaso (lleno de mitades vacías).
Y así por aquí, y así por allá. Parece que hoy sólo serás capaz de decir las mentiras que empiezan por nunca más. Las únicas que estás dispuesta a creerte. Las únicas que te hacen sentir que estás aprendiendo.
De pronto, coño, una chistera. A ése qué le pasa, por qué te sonríe, igual tienes un moco y no te lo has visto. Y ahora por qué empieza a decirte cosas que has oído ya cientos de veces, en más de mil y una noches, y sin embargo, a él le obsequias con una cara de atontamiento generalizado, como si de repente tu cociente hubiese decidido dividirse por tu infinita torpeza.
Tus ganas de volver a ser incoherente o contradictoria o tonta del culo te hacen ignorar tanta tradición de chistes malos sobre polvos mágicos y conejitos felices en el mismo instante en el que ese prestidigitador de tres al cuarto decide jugársela a una carta y te pide que memorices su número.
Quizás por tus ganas de olvidar más que por las de recordar, decides huir hacia delante y prestarte voluntaria para ser su mano de todo, menos inocente.
Empezáis a veros con esa imposible mezcla de ilusión e incredulidad, una mezcla que te resulta demasiado familiar, pero como cada persona es un mundo, algo dentro de ti va repitiendo el mismo mantra.
Que sí, que esta vez será diferente.
Te convences tanto a ti misma que hasta parece que convences a los demás, y ya nadie te pregunta el porqué de tanto birli ni de tanto birloque.
Buscas los argumentos que apoyen tu nueva tesis, y suenan cada vez más maduros de pelar. Hoy te sientes más mujer que la de cualquier otro anuncio de compresas.

Quizás por eso, al final, sintiéndote la más fina, segura, confundida y bipolar (sobretodo bipolar), coges el teléfono y te decides a hacerme la pregunta del billón.

Cuál es el truco.

Ja. A ti te lo voy a contar.


Risto Mejide

dilluns, 2 d’abril del 2012

Nunca renuncies a tus sueños, mejor renuncia a tus miedos, que son los que no te dejan alcanzar tus sueños y hacerlos realidad...



dimecres, 28 de març del 2012

Yo lo que admiro son las flores que crecen en la basura

Voy a escribir mi propio libro.
Un libro con las páginas a todo color. Con las portadas llenas de flores y millones de sonrisas.
Un libro sólo con páginas impares. Todo el mundo prefiere las pares por qué parecen las más racionales. Pero yo no soy racional. Ni quiero serlo. Así que no las quiero.
Un libro que me recuerde que yo también he cometido errores, pero que sólo a través de estos he logrado aprender tanto. Que me repita en cada página que debo quererme por cómo soy, no por cómo me ven. Y que de paso me recuerde que tú también cometiste errores y la lástima fue que no aprendieras de ellos.
Un libro sin autor. Sin dedicatoria. Sin prólogo. ¿Para qué quiero prólogos si siempre dicen más de lo que deberían? Y a menudo lo dejan todo pautado, pre-escrito, con el camino allanado. Yo quiero irme fuera del camino, descubrir el bosque, subir por las montañas y volver a bajar. Cómo en un parque de atracciones. Y reír, volar, cantar, gritar y saltar. Tantas veces cuánto me apetezca. Y abrazar a quién me encuentre en ese parque. Y a quién no, no echarle jamás en falta.
En mi libro no habrá narrador, ni personajes. Por qué los personajes siempre complican la trama. Es algo que viene implícito por el simple echo de "ser". ¿Eres? Pues complicas. Y para complicarse la vida ya estoy yo, en mi libro todo esto me sobra. Y el narrador, para las novelas fantásticas. Ya basta de que siempre exista ese "alguien" omnipresente que sepa todo lo que ocurrirá, y que en su monótono y jodido aburrimiento por no estar expectante a nada nos contagie sus ganas de esperar tan poco de la vida.
Y el dolor? El libro no entiende de eso. Ya no me dolerán más las manos de escribirte. Ni la espalda de cargar contigo y tus miedos. Ni los pies de andar haciendo un camino que ha resultado ser siempre en círculos, sin avanzar. Ni me dolerán más los ojos de llorar por ti. Ni el cuello de querer gritarte para que me oigas y sepas que estoy aquí. Y ni mucho menos me vas a doler tú. Porque ya formas parte de otro libro terminado y guardado en la estantería del nunca jamás.

Dicen que nos pasamos la mitad de nuestra vida sufriendo. Que si guardáramos todas nuestras lágrimas en algún lado podríamos llenar una piscina olímpica al final de nuestras vidas. Así que la mitad de mi libro estará siempre en blanco, porque la otra mitad de la vida también debemos vivirla. Y las piscinas para los demás, yo siempre he preferido el mar.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar.